Tercera Acusación

18 Jul

La tercera acusación: Fracaso para confrontar la maldad del hombre.
Cuando veo el libro de Romanos, ‐que es uno de mis libros favoritos de la Biblia‐, no es una teología sistemática, pero si pudieras decir que algún libro de la Biblia es teología sistemática, el libro de Romanos sería el más cercano. ¿No es sorprendente que Pablo se haya tomado los primeros tres capítulos de ese libro buscando hacer una sola cosa? Llevar a todos los hombres a la condenación. Llevar a todo hombre a la condenación.
Pero no es que la condenación sea el gran tema en su teología. No es su propósito,  o su objetivo final. Es el medio para traer salvación a sus lectores, porque los hombres deben de ser traídos al conocimiento de sí mismos antes de entregarse a a sí mismos ante Dios. Los hombres están hechos de una manera tan caída ahora que se debe cortar absolutamente toda esperanza en la carne antes de que sean llevados a Dios. Es tan importante en todo, pero es especialmente importante en evangelismo.
Recuerdo, esto fue…
Tenía 21 años y acababa de ser llamado a predicar y entré a una tienda vieja donde se le vendían trajes a los ministros por la mitad de precio. Ellos lo habían estado haciendo por 50, 60 años. Entré allí. Estaba buscando un traje en Paducah, Kentucky.
De pronto la puerta se abrió. Escuche una campana sonar. Se cerró la puerta. Estaba un hombre muy, muy viejo de pie. Nunca supe su nombre, pero cuando caminaba, se me quedaba viendo.
Me pregunto: “Muchacho, has sido llamado a predicar, ¿verdad?” Le respondí: “Sí, señor.”
Era un evangelista, muy, muy viejo. Me pregunto, “¿Ves ese edificio que está justo afuera de este edificio?” Le conteste: “Sí.” Me dijo, “Yo solía predicar allí. El Espíritu de Dios descendía y se salvaban las almas”.
Le conteste: “Señor, por favor platíqueme acerca de eso”. Me dijo, “No hay nada como esto que está sucediendo en el evangelismo hoy en día.”
Continuó diciendo, “Nosotros predicábamos por dos y tres semanas, y no dábamos ninguna invitación a los hombres pecadores. Arábamos y arábamos, y arábamos y arábamos el corazón de los hombres hasta que el Espíritu de Dios comenzó a trabajar y quebrantar sus corazones.”
Le pregunté: “Señor, ¿cómo supo cuándo el Espíritu de Dios estaba descendiendo a quebrantar sus corazones?” Y él respondió: “Bueno, déjame darte un ejemplo.” Continuó diciendo, “Hace muchas décadas entré a esta tienda a comprar un traje. Alguien me había entregado 30 dólares y me dijo, ‘Predicador, vaya a comprar un traje mañana.’ Y cuando entre por la puerta, el joven que cuidaba  el negocio se dio la vuelta y me vio, y cuando me vio, se puso de rodillas y clamó, ‘¿Quién puede salvar a un hombre impío como yo?’ Y yo  sabía que el Espíritu de Dios había descendido sobre el lugar”.
Ahora solo entramos y hablamos con ellos, les damos tres preguntas exploratorias, y les preguntamos si quieren orar una oración y pedirle a Jesús que entren en su corazón, y luego hacemos de esa persona un doblemente hijo del infierno que nunca volverá a estar abierto al Evangelio por la mentira religiosa que nosotros, como evangélicos, hemos escupido de nuestras bocas.
Voy a decir algo que Leonard Ravenhill solía decir. “Ahora entiende por qué predico en muchos lugares solo una vez.” Pero es la verdad.
Cuando tratamos al pecado de manera superficial, en primer lugar, estamos luchando contra el Espíritu Santo. “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.”
Hay predicadores muy populares hoy en día que están más preocupados por darles “su mejor vida ahora”, que por la eternidad. Y luego presumen del hecho de que no mencionan el pecado en sus predicaciones. Les puedo decir esto: El Espíritu Santo no tiene nada que ver con sus ministerios a menos de esté trabajando contra ellos! Eso sería el único motivo.
¿Por qué?
Cuando un hombre dice que no tiene ningún ministerio tratando con el pecado de los hombres, el Espíritu Santo sí lo tiene. Es el ministerio principal del Espíritu Santo venir y traer convicción al mundo de su pecado. Entonces sepan esto. Cuando no se ocupan específicamente, con pasión y con amor, de los hombres y su condición depravada, el Espíritu Santo no está, en lo absoluto, cerca de ustedes.
También somos engañadores cuando tratamos con ligereza la maldad de los hombres, como los pastores en los días del profeta Jeremías. “Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz.”
No sólo somos engañadores, pero también somos inmorales, como un médico que niega su juramento Hipocrático porque no quiere darle a alguien una mala noticia porque piensa que esa persona se va a enojar con él; que estará muy enojado con él; que va a estar triste, y entonces no les da la noticia que más necesita para salvar su vida.
He escuchado predicadores de hoy en día decir, ellos dicen, “No. No, no, no, no. Usted no entiende, hermano Pablo. Nosotros no somos como la gente que vivía en los días de Juan y Carlos Wesley. No somos como la cultura a la que Whitefield o Edwards se dirigió. No somos tan fuertes como ellos fueron. Nosotros estamos rotos. No tenemos tanto autoestima como ellos. Somos débiles. No podemos soportar ese tipo de predicaciones”.
¡Escúchenme!
¿Alguna vez han estudiado la vida de esos hombres? Lo que ellos predicaron en su cultura tampoco podían soportarlo.
¡Nadie ha sido capaz de soportar la predicación del Evangelio!
¡Se irán en contra del Evangelio con la fiereza de un animal, o se convertirán!
Y luego que les digan que nosotros somos más débiles y que no tenemos autoestima.
Nuestro país, y este mundo, está siendo invadido con esta enfermedad repugnante de la autoestima. Nuestro mayor problema es que nos estimamos más a nosotros mismos que lo que estimamos a Dios.
También somos ladrones cuando no hablamos mucho sobre el pecado. Somos ladrones.
Déjenme hacerles una pregunta. Esta tarde, esta mañana, ¿a donde se fueron todas las estrellas? ¿Vino algún gigante cósmico con una canasta, las recogió, las metió a la canasta y se las llevo a otro lugar? A dónde se fueron las estrellas esta mañana? Estaban allí, pero no podían verlas. Pero luego, el cielo se hacia más oscuro, y más oscuro, y más oscuro, y al oscurecerse totalmente la noche, las estrellas salieron en la plenitud de su gloria.
Cuando se niegan a enseñar sobre la depravación radical de los hombres, es imposible que puedan traerle gloria a Dios, Su Cristo y Su cruz, porque la cruz de Jesucristo, y la gloria de ello, se  magnifica aun más cuando se coloca delante del telón de nuestra depravación.
“Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amo mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.”
Oh, tenemos miedo de hablarles a los hombres de su maldad, y ellos nunca podrían amar a Dios por esa razón. Les hemos robado la oportunidad de gloriarse, no de sí mismos, pero de seguir la amonestación,
“El que se gloría, gloríese en el Señor.”

***

SOLI DEO GLORIA

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