Caretas, Máscaras y Celebraciones

31 Oct

Empecé a escribir este post el 20 de Octubre y espero que sea publicado hoy, 31 de Octubre. Esto, por dos razones. Vincular el asunto de las máscaras y disfraces con los que están acostumbrados a relacionar esta fecha con Halloween (es decir, la gran mayoría) para así tener su atención; y para que los cristianos podamos recordar un año más de la Reforma Protestante y lo que aquello significó para nosotros los creyentes.

Hace unas semanas estuve en una fiesta de disfraces donde pude utilizar el disfraz de la foto anterior.

Hago una pausa para dejar claro un asunto. No pienso argumentar con mis amigos cristianos sobre temas acerca de si fue correcto, conveniente, o (utilizando jerga cristianesa) si fue lícito o no haber asistido a dicha fiesta.

Simplemente puedo decir que fue divertido, un poco diferente pero divertido. Ver la manera en que los asistentes (solo algunos) tuvieron el ingenio y la inventiva para disfrazarse con calidad.

Y para los porfiados que continúan insistiendo, les digo: Recién hoy se celebrará Halloween!

Volviendo al tema.

Lo interesante del asunto fue que mi deseo era hacer un poco más interesante la velada. Por lo tanto decidí desde el principio mantenerme con la máscara la mayor parte de la noche. Esa “loca” decisión fue la que ayudó para que pueda volver a escribir en este blog que he dejado con menor atención que en meses anteriores. He sentido que lo he dejado un poco abandonado, pero espero seguir escribiendo.

Durante los primeros momentos después de mi llegada a la fiesta pocas personas pudieron saber con exactitud quien era la persona detrás de la máscara. Pero mientras la noche iba avanzando quienes me conocían fueron adivinando. Algunos decían:

– Por la parada, ese es Francisco.

– Por la forma de caminar, ese es Pancho.

Por la forma en que saluda, ese es Francis!

-Te reconocí por la voz, porque de otra forma hubiera sido imposible. Sácate esa !”#$%&(/ para poder conversar bien!

Otras personas luego de sacarme el disfraz decían: – Já! Lo sabía! (En realidad no sabían…)

Sin embargo, para las personas que nunca antes me habían visto sin máscara, es decir las personas que conocí en ese momento, fue un poco más complicado el asunto. Luego que dejé la máscara y el disfraz, fue mi tarea tener que decirles al acercarme a ellos: “Soy yo”.

Debido al volúmen alto de los parlantes fue necesario identificarme como el tipo con el que estuvieron conversando minutos antes, ese de la “máscara chévere” y que habla medio raro.

Y esto es lo que pude comprender durante la semana que siguió después de la fiesta: Es muy interesante ver cómo podemos desenvolvernos de una manera muy parecida a mi experiencia con el disfraz en nuestro diario vivir.

Aún con máscaras puestas, existen personas que te llegan a reconocer aunque les cueste un poco al principio. Ellos te conocen. Algunas veces no es posible permanecer incógnito para ellos, sin importar lo elaborado de la “máscara” o “disfraz” que intentes utilizar ante ellos.

El otro caso, es un poco diferente, y ello lleva consigo una cuota mayor de peligro:

Existen otras personas que no te conocen en realidad, recién están empezando a conocerte. Simplemente han visto una parte externa de ti, una máscara que, algunas veces sin la intención de ser falso o hipócrita, intentas utilizar en determinados momentos.

Dentro del primer grupo se encuentra tu familia nuclear, cercana o extendida (depende del tipo de relaciones familiares que hayas heredado serán hermanos, primos cercanos o lejanos, tíos, etc), los amigos que conoces de “toda tu vida”, y los amigos que has llegado a obtener en el transcurso de tu vida adulta, esos que no se sentaron contigo en el kindergarten pero que terminan siendo “más cercanos que un hermano”. Esas personas con las que compartes la mayor cantidad (y calidad) de tiempo de tu existencia en esta Tierra. Ellos que han visto tus mejores y peores.

El otro grupo puede estar compuesto de personas que tal vez, eventualmente, pueden ingresar al primer grupo, pero que mayormente permanecen como “amigos” de “de vez en cuando”. Con quienes pudiste llegar a compartir algunas experiencias significativas en común, pero que al fin y al cabo les llevaría años llegar a conocerte como los del primer grupo.

Entonces tenemos un problema en ambos casos: Intentar utilizar máscaras y ser alguien falso ante otras personas.

En el primer caso es una empresa sin sentido, es inútil tratar de engañar a alguien de entre ellos, porque te conocen demasiado bien.

En el segundo caso, puede existir en la persona un cierto grado de satisfacción momentánea. Pero tarde o temprano llegarán a conocer tu verdadero “rostro”, tus verdaderas reacciones, tus verdaderas intenciones.

En otras palabras, no tiene sentido intentar guardar las apariencias ante cualquiera de los dos grupos. Principalmente porque existe otro factor dentro de esta complicada ecuación: Dios.

Es posible engañar a algunos por algún tiempo, es posible incluso engañarnos nosotros mismos algún tiempo. Pero es absolutamente, totalmente, completamente imposible engañarlo a Él.

Él conoce mucho más que nadie tu vida y sabe perfectamente “la pata con la que cojeas.” Él conoce que existe en tu ser, profundamente “enquistada” una enfermedad llamada Pecado.

No es mi intención dejarte con la idea de un Dios distante que únicamente te toma en cuenta cuando cometes algún pecado o cuando dejas en claro ante todos tu estado de rebelión hacia Él y su Voluntad y Palabra.

Es mi intención que puedas conocer (o tal vez recordar) el remedio para el problema.

Ese remedio históricamente se le ha llamado el Evangelio de la Gracia de Dios por medio de Jesucristo.

Martín Lutero hace 495 años, precisamente un 31 de Octubre, hizo público un escrito que inició de ésta manera:

“Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: ‘Arrepiéntanse’, quiso decir que toda la vida del creyente debía ser de arrepentimiento”

La cita completa de Jesucristo (Marcos 1:15) es: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado: Arrepentíos, y creed el evangelio.”

Lo que Lutero pudo apreciar (descubrir) en las Escrituras, que permaneció oculto por siglos y que ahora casi 500 años después nuevamente se ha ido perdiendo entre nosotros los creyentes, es central para nuestra vida en su totalidad. Lamentablemente es una doctrina principal del cristianismo que actualmente no llega a salir desde los púlpitos y en consecuencia no llega a penetrar en los creyentes.

Arrepentirse y Creer en el Evangelio no es algo que hacen los inconversos una vez con el fin de “convertirse en creyentes”.

El Evangelio no es algo para “principiantes”, que debe ser creído como un pre-requisito al inicio de la vida cristiana antes de meterse en otros asuntos espirituales “más profundos”. El Evangelio es el centro mismo de nuestra vida.

Asombra, disgusta y duele ver un énfasis enfermizo, dentro del pueblo de Dios, hacia cosas y asuntos que en comparación al Evangelio no deberían ser tenidos en cuenta.

El Evangelio es la demostración de la depravación humana y la necesidad de Dios de hacer cumplir Su justicia ante nuestra rebeldía natural y ante el mal residente en la Humanidad. Por otro lado, el Evangelio es la demostración más clara del carácter amoroso de Dios, y de Su Gracia ofrecida libremente por medio de Jesucristo.

El Evangelio se puede resumir imperfectamente de esta manera:

El Ser Humano fue creado por Dios con un gran potencial para hacer Su Voluntad, sometido a obediencia. El Ser Humano decidió que lo que Dios mandó a obedecer no fue suficiente, decidió romper el pacto de obediencia con Dios y por eso recibió su merecido castigo.

Toda la posteridad de Adán y Eva nació manchada e imposibilitada de hacer el bien por medios propios.

La Humanidad se dedicó a obrar únicamente lo malo ante los ojos de Dios, en una abierta rebeldía dirigida a nuestro Creador.

De esa manera no existe ninguna sola persona que haya vivido libre de pecado.

Dios es absolutamente Santo y Bueno. No puede permitir que el mal ingrese a su morada, al lugar donde Él habita (el Cielo) porque al ser todos culpables de hacer lo malo, no sería un juez justo si lo permitiera.

Por lo tanto dispuso un lugar de castigo, un lugar donde se manifestaría Su justo juicio y Su justa ira (el Infierno).

Es justo que Dios castigue a los pecadores. Todos hemos cometido pecados. Todos somos pecadores. Todos merecemos el castigo eterno.

Pero al mismo tiempo, Dios ama a su pueblo aún en sus pecados.

En términos humanos, Dios se encuentra en una encrucijada.

Él debe y quiere castigar a los pecadores, pero al mismo tiempo le duele tener que hacerlo.

En su Sabiduría y a través de Su Gracia, Dios decidió obrar en favor de quienes no lo merecían, en favor de sus declarados enemigos y dispuso que otra persona sufriera el castigo que nos correspondía. Alguien completamente perfecto y sin pecado.

No podía ser nadie más sino Él mismo, en la persona de Jesucristo.

Jesucristo es Dios desde la Eternidad y sin embargo se hizo niño y creció viviendo una vida humana para poder cumplir la obediencia debida a Dios, esa obediencia que se rompió desde los días de Adán. Por la Biblia sabemos que Jesús fue 100% Dios y 100% hombre. La persona indicada para llevar a cabo los planes de traer salvación a su pueblo.

A pesar de nunca pecar, Jesús sufrió la ira de Dios en contra del pecado de la Humanidad. Jesús resucitó tal como fue profetizado siglos antes de su nacimiento y tal como Él prometió, para demostrar que la muerte no tiene poder sobre Él, para darnos la Esperanza necesaria y para que el Espíritu Santo pudiera acompañarnos en esta travesía llamada Nueva Vida.

Cristo por su obediencia y muerte, saldó totalmente la deuda de todos los creyentes, e hizo una apropiada, real y completa satisfacción a la justicia de su Padre en favor de nosotros, los justificados.

Dios ofrece este regalo (es decir el regalo de poder ser librados de la mancha del pecado para poder vivir eternamente con Él) de manera gratuita y sin siquiera merecerlo, de hecho la palabra “gratis” tiene directa relación con la Gracia de Dios. Y se recibe única y exclusivamente por Fe. La fe es la llave que permite que Dios nos deje cruzar el umbral que lleva al Cielo. La Fe también es un regalo de Dios.

El Evangelio es absolutamente necesario para poder recordar de dónde Dios en Su amor y Bondad nos rescató (o de dónde te está rescatando), para poder destruir el orgullo humano y crear una mayor y más profunda dependencia hacia Él, para poder vivir una vida en santificación gradual.

Arrepentimiento, Fe y una vida de Gracia son parte de la evidencia clara que un verdadero creyente, cualquier otra religión (o cualquier sociedad civilizada) puede enseñar a ser “bueno” (al menos en apariencia). Pero sólo el Evangelio transforma vidas.

Para concluir este post torpemente escrito, quisiera recalcar que la celebración de hoy no es ni Halloween, ni el triunfo humano de Martín Lutero frente a la hegemonía Católica Romana del siglo XVI.

La verdadera celebración es el re-descubrimiento de doctrinas claves para la salvación del pueblo de Dios, que permanecieron escondidas durante siglos, es decir el triunfo de la Gracia de Dios por medio de Su Evangelio manifestada a través de Jesucristo y la conquista que hiciera éste frente al Imperio de la Muerte de una sola vez y para siempre.

SOLI DEO GLORIA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: