Sufrimiento y Soberanía de Dios V

30 May

Razón # 4
4. El sufrimiento completa lo que falta de las aflicciones de Cristo
El sufrimiento de los mensajeros de Cristo ministra a los que éstos están evangelizando y puede hacer que se abran al Evangelio. Esa es una de las formas en las que Pablo llevó el Evangelio a los tesalonicenses. “Sabéis qué clase de personas demostramos ser entre vosotros por amor a vosotros. Y vosotros vinistes a ser imitadores de nosotros y del Señor, habiendo recibido la palabra, en medio de mucha tribulación, con el gozo del Espíritu Santo” (1era Tesalonicenses 1:5-6). Los tesalonicenses habían imitado a Pablo soportando la aflicción con gozo. Sabían que él había vivido así por ellos. Y fue su sufrimiento el que les atrajo hacia su amor y su verdad.
Este es el tipo de misionero que Pablo tenía en mente cuando dijo: “Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo. Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos” (2da Corintios 1:5-6). Su sufrimiento fue el medio que Dios usó para llevar salvación a la iglesia de Corinto. Los corintios pudieron ver el amor entregado de Cristo. Los corintios pudieron ver cómo Pablo participaba de los padecimientos de Cristo, por lo que pudieron entenderlo de una forma más real.
Esto es parte de lo que Pablo quiso decir con aquella magnífica declaración que encontramos en Colosenses 1:24: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros, y en mi carne, completando lo que falta de las aflicciones de Cristo, hago mi parte por su cuerpo (que es la iglesia)”. A las aflicciones de Cristo no les falta nada en cuanto a su suficiencia expiatoria. Cuando Pablo dice “lo que falta de las aflicciones de Cristo” se refiere a que aún no todo el mundo las conoce ni ha aceptado que Jesús tuvo que pasar por aquellas aflicciones por su causa. Pablo se entrega no solo a llevar el mensaje de esas aflicciones a las naciones, sino que también se entrega para sufrir con Cristo y por Cristo para que la gente pueda ver “los padecimientos de Cristo”. Así, él sigue el ejemplo de Cristo poniendo su vida por la vida de la Iglesia. “Todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna” (2da Timoteo 2:10).
 
A la tercera paliza las mujeres lloraron
Nadie hubiera pensado que José, un guerrero masai, acabara participando en la Conferencia de Evangelistas Itinerantes en Ámsterdam patrocinada por la Asociación Billy Graham. Pero su historia le llevó a recibir una invitación del mismo Billy Graham. Michael Card nos habla del increíble testimonio de este hombre.

Un día que José caminaba por una de aquellas carreteras sucias y calurosas de África, se encontró con alguien que le habló del Evangelio de Jesucristo. En aquel mismo momento, y en aquel mismo lugar, aceptó a Jesús como su Salvador. El poder del Espíritu empezó a transformar su vida; estaba tan emocionado, tan lleno de gozo, que lo primero que quería hacer era volver a su aldea y compartir aquellas Buenas Nuevas con los miembros de su tribu.

José empezó a ir puerta por puerta hablando a todo el que se encontraba de la cruz de Jesús y de la salvación que ofrecía, esperando que las caras de sus interlocutores se iluminaran, igual que le había ocurrido a él. Para su sorpresa, los habitantes de su aldea no solo se mostraron indiferentes, sino que además respondieron de forma violenta. Los hombres de la aldea lo tiraron al suelo y lo agarraban mientras las mujeres le golpeaban con varas de alambre de espino. Luego lo arrastraron fuera de la ciudad al lado de un arbusto, y lo abandonaron allí para qye muriera solo.

De algún modo, José se las arregló para arrastrarse hasta un charco, y allí, después de unos días en los que perdió el conocimiento en varias ocasiones, encontró las fuerzas suficientes para levantarse. Se estuvo preguntando sobre el recibimiento hostil que había recibido de parte de la gente que conocía de toda la vida. Llegó a la conclusión de que se tenía que haber dejado parte de la historia de Jesús, o que debía de haberla contado mal. Después de ensayar la naracción que a él le habían contado, decidiío volver a la aldea y hablarles de Jesús una vez más.

José cojeó hasta el círculo de cabañas y empezó a proclamar el mensaje de Jesús. “Él murió por vosotros, para que podáis encontrar perdón y llegar a conocer al Dios vivo”. De nuevo, se echaron sobre él, y le golpearon, abriéndole las heridas que hacía poco habían empezado a cerrar. Y otra vez, lo arrastraron inconsciente fuera de la aldea, y lo abandonaron.

Sobrevivir a la primera paliza ya era algo remarcable. Pero sobrevivir a la segunda, fue un milagro. Otra vez, después de unos días, José volvió en sí allí en el desierto, amoratado, herido,y decidido a volver a su aldea.

Volvió, y esta vez, le atacaron antes que pudiera abrir la boca. Mientras lo azotaban por tercera vez y quizá por última vez, empezó a hablarles de Jesucristo, el Señor. Antes de desmayarse, la última cosa que vió fue que las mujeres que le estaban pegando empezaban a llorar.

Esta vez despertó en su cama. Los que le habían agredido de una forma tan salvaje ahora le estaban curando las heridas intentando así salvarle la vida.

Toda la aldea se había convertido a Cristo.

Está claro que esto viene a ser lo que Pablo quería decir cuando dijo: “Completando lo que falta de las aflicciones de Cristo, hago mi parte por su cuerpo”.
John Piper, Alégrense Las Naciones

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